La Palma en Carnaval

El desembarco de los Indianos

La emigración es uno de los fenómenos sociológicos que mayor influencia ha tenido en la historia de La Palma. Su manifestación más burlona tiene lugar cada Lunes de Carnaval en las calles de Santa Cruz de La Palma. El objetivo de la parodia, hoy como ayer, son los indianos, aquellos palmeros enriquecidos por la emigración a Cuba que regresaban a su tierra haciendo ostentación de dinero.
El día comienza con el recibimiento oficial de los "distinguidos visitantes" en el Atrio del Ayuntamiento. Los indianos, ataviados con sus mejores galas, llegan trabajosamente desde el Puerto, arrastrando maletas de cartón de las que escapan chorros de billetes a todas luces falsos. Abundan las negras de caderas imposibles, los loros de peluche, los canotier de paja, la bisutería mejor cuanto más aparatosa. En la Plaza de España comienzan a oírse los primeros sones de La negra Tomasa, canción del cubano Guillermo Rodríguez Fife que simboliza el inicio de la fiesta: A primera hora de la tarde la multitud comienza a crecer y el aire se llena del perfume dulzón del talco. Sobre las cinco arranca oficialmente el desfile, que recorre los primeros metros por la que, inevitablemente, se ha convertido en Avenida de los Indianos. Tras superar la Plaza de la Constitución, se adentra en la céntrica calle O'Daly. Y los últimos participantes en el irreverente desembarco llegan a la Plaza de la Alameda, destino final de la comitiva, mucho después de la caída del sol. Algunos portan artefactos inverosímiles, muchos de ellos de fabricación casera, cuyo principal objetivo es escupir sobre la multitud la mayor cantidad posible de polvos de talco. Junto a los miles de indianos anónimos desfilan también grupos de música cubana, que tratan de hacerse oír entre la algarabía. Acabado el desfile todos los rostros están cubiertos de una pegajosa costra blanca. Las pelucas se han desplazado, los ojos han enrojecido, el maquillaje ha cedido ante el empuje del sudor. Y sin embargo la fiesta no ha hecho más que empezar. De hecho la verbena prolongará sus ecos hasta las primeras horas del martes, cuando el rugido de las máquinas de limpieza desaloje de las calles a los indianos más pertinaces.

   

 

Un poco de historia

La investigadora palmera María Victoria Hernández Pérez (en su libro La Palma: Fiestas y tradiciones) atribuye al noble Cristóbal del Hoyo Solórzano la primera cita histórica sobre el Carnaval en nuestra isla. Al parecer, el libertino vizconde de Buen Paso sufrió un proceso judicial en 1700 por cantar letanías carnavaleras a la sobrina del inquisidor de Santa Cruz de La Palma.

La anécdota ilustra bien a las claras las siempre difíciles relaciones entre la autoridad y la más gamberra de las fiestas populares de la isla. Durante siglos los Carnavales estuvieron mal vistos, fueron ignorados, o resultaron obstaculizados, cuando no directamente prohibidos, por el poder establecido. De hecho, hasta la llegada de la democracia en 1975, el régimen franquista trató de domesticarlos (podríamos decir irónicamente que de disfrazarlos) bajo el inocente nombre de Fiestas de Invierno.

Por otra parte, desde finales del siglo XIX comienza a documentarse en La Palma la costumbre de arrojar harina, almidón y polvos de talco durante los días de Carnaval. La nuestra es la única isla donde sobrevive la costumbre, que en el pasado también se estilaba en el resto del Archipiélago. Hasta tal punto es así que el principal acto de la fiesta no podría entenderse sin ella. Veámosla en detalle. 

         LA PALMA ES LA ÚNICA ISLA DONDE SOBREVIVE LA COSTUMBRE DE ARROJAR POLVOS DE TALCO, QUE EN EL PASADO TAMBIÉN SE ESTILABA EN EL RESTO DEL ARCHIPIÉLAGO